Legado Humano

Lo único asegurado que tenemos cuando nacemos, es la muerte. Pero hombre, a su debido tiempo…He asistido a dos funerales recientemente totalmente injustos. Sí, ya sé que toda pérdida humana es inaceptable pero, cuando el destino detiene mucho antes de tiempo la vida de unos seres tan jóvenes, no cabe forma alguna de  comprenderlo.

Y no pretendo otorgar un toque fúnebre a esta columna. Todo lo contrario. Me conformo con provocar reflexión de la buena, esa que llega de manera inmediata con tan solo un profundo pero eficaz respiro interior. Esa que actúa como vigoroso antídoto a todos los pensamientos limitantes que cotidianamente nos rodean. Para qué preocuparse en exceso por las cosas, para qué  tanto desgaste emocional en el camino…

David Cañada tenía 41 años cuando perdió la vida sobre su bicicleta hace escasos días. De muy pequeño quería ser ciclista, y bien que  lo consiguió. Recuerdo cuando aún era un tan solo un niño se cuidaba y preparaba ya como un grande. Creció y perseveró en su objetivo. El parquet de su habitación llegó a levantarse por tanto sudor acumulado tras largas jornadas sobre los rodillos. Estudiaba mientras pedaleaba, la letra de sus apuntes se desfiguraba encharcada por las gotas emanadas de su esfuerzo y pasión. Lo consiguió, cumplió su sueño. Llegó a ser profesional, alcanzó la gloria. Pedaleó y se defendió  con los mejores ciclistas del mundo

Pero también conoció la cara adversa. Caídas, lesiones, una enfermedad de índole cardiaco y nombre raro. Y por si fuera poco,  un cáncer de piel se le subió al cuerpo. Esa “puñetera” enfermedad  sin embargo no pudo con él, aunque sí adelantó su retirada deportiva. En rueda de prensa de despedida anunció con alegría lo más valioso, “estoy curado” Qué importa lo demás… En el camino aprendió a relativizar, a desdramatizar. A sentirse feliz por seguir vivo… bonito legado.

 

Dos semanas antes despedíamos a Pablo. Un joven de tan solo 12 años. Un luchador, para mí, un verdadero héroe. Compartió gran parte de su corta vida con un detestable inquilino dentro. “Pablete” le plantaba cara día tras día, era su cometido natural, así lo debió  entender desde que se conocieron.  Quería vivir por encima de todo y lo demostraba en cada instante. A los 9 años, el maldito cáncer le arrancó su pierna derecha. Experto en transformar lo adverso en oportunidad a pesar de su corta edad,  Pablo quiso ser ciclista desde entonces. “Papá, no te preocupes, si me caigo me levantaré tantas veces como haga falta, soy como los demás”. Verdaderamente admirable, me emociono al recordarlo…Fascinante legado..

 

Ellos, como otros muchos, nos abandonaron antes de hora pero nos dejaron un ejemplo vital.  Porque nos hubiera podido  pasar a cualquiera de nosotros, porque el tiempo transcurre muy  rápido, porque, por muy alejado que esté el instante de la muerte del nacimiento, la vida es siempre demasiado corta cuando este espacio no se llena bien.

 

Por lo que pueda ocurrir… llena tu VIDA de VIDA.

 

Gracias David y Pablo por inspirarme con vuestro recuerdo a escribir uno de los artículos que nunca hubiera querido hacer. Os marchasteis pero vuestro enorme legado quedó aquí. Arrivederci maestros…y ciclistas.

 @javiergmezR