El poder de las palabras

imagen: desmotivar.com
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No son sólo sonidos o símbolos escritos. Son una fuerza; constituyen el poder que tenemos para expresar y comunicar, para pensar y, en consecuencia, para crear los acontecimientos de nuestra vida. En mi opinión las palabras son la herramienta más poderosa que tenemos los seres humanos, un instrumento mágico; sin embargo, innumerables veces no somos conscientes de ello.

Son como una espada de doble filo: pueden crear el sueño más bello o destruir todo lo que te  rodea. Uno de los filos de la espada es el uso erróneo de las palabras.  Puede llegar a crear un infierno en vida. El otro es la impecabilidad de las mismas, el que únicamente engendra belleza. 

Tanto en la vida personal como en la laboral o empresarial, deberíamos  tener en cuenta la trascendencia de su incorrecta  utilización. Cuántas personas se han sentido dañadas por la fuerza del hechizo que tienen las palabras. Busquemos ejemplos, Alguien da una opinión y dice: “esta persona no vale, no sirve para esto”.  Este comentario capta nuestra atención, entra en nuestra mente y condiciona para mal nuestras creencias.  O “mira que niño más torpe”, el niño lo escucha,  se lo cree y crece con esa idea.  En las organizaciones hay grandes profesionales con amplias capacidades que se encuentran mermados emocionalmente por el mal uso que determinados superiores provocan con sus palabras. He conocido  a unos cuantos de ellos con esa creencia limitante que acaba condicionando el rendimiento y su estado de felicidad. En  algunos casos anulando incluso su personalidad.  Para paliar  este fenómeno, muy habitual en la  sociedad actual,  bastaría tan sólo con prestar un poco más de atención antes de emitir determinadas palabras y ser conscientes de la trascendencia y consecuencias  que pueden llegar a originar en los demás. Más importante, quizá incluso que el contenido de las mismas, es la forma en cómo las dirigimos a los demás. Aquí sí puede provocarse un daño irreversible.

Llegados a este punto, me parece adecuado recordar esta pequeña historia entre un padre y un hijo titulada “La Bolsa de los Clavos”

 

 

“Es la historia de un muchacho que tenía muy mal carácter. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta.  El primer día, el muchacho clavó 37 puntas detrás de ella.

Las semanas que siguieron, a medida que él aprendía a controlar su genio, fijaba cada vez menos clavos. Descubría que era más fácil controlar su genio que seguir hundiendo  tras el pórtico.

Llegó el día en que pudo controlar su carácter durante toda la jornada. Tras informar a su padre, este le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra controlar su mal genio. Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciarle que no quedaban más clavos para retirar de la puerta. El  padre entonces lo tomó de la mano y lo llevó hasta ella.    Has trabajado duro, hijo mío,-pronunció el maestro- pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves.”

 

Nuestra comunicación es nuestro mayor tesoro. Podemos retirar lo dicho, pedir disculpas,  pero las palabras son como las flechas, una vez lanzadas, éstas ya no vuelven. A veces, una ofensa verbal es tan dañina como una física. Prestemos atención pues a ellas, están dentro de nosotros, seamos conscientes de su valor y transformémolas  en positivo, qué también tienen sus efectos. Y estos efectos, anda que no cambian la cosa...

 

@javiergmezR